Malvinas, la otra deuda pendiente

Argentina se ha convertido una vez más en la excepción que confirma la regla, el caso único, el camino en contra de lo convencional. Hemos sido el único país que, luego de perder una guerra, se desarma hasta niveles peligrosamente críticos para la defensa de su soberanía y capacidad de autodeterminación.

Por: General de Brigada (R) Juan F Baretto

Llegó el 2 de abril, un nuevo día del Veterano de Guerra y con ello, el recuerdo vivo de los hechos luctuosos, pero heroicos que marcaron la Gesta de Malvinas, aquel intento fallido de recuperar militarmente lo que nos pertenece.

El país entero está en deuda con quienes arriesgaron lo más preciado que tiene el ser humano: su derecho a la vida. Muchos la perdieron por una causa superior y, en la mayoría de los casos, por un llamado vocacional que los llevó a abrazar la carrera de las armas.

Recibidos a su regreso al continente, luego de la derrota, la Nación misma hizo poco esfuerzo por reconocer y agradecer lo realizado, a pesar del resultado negativo de la contienda, pero esta situación fue revirtiéndose con el paso de los años.

La deuda inicial con los veteranos de guerra es, día a día, saldada. Innumerables actos, museos, monumentos, eventos, libros, películas y conferencias recuperan el legado histórico de la guerra de 1982 y de quienes allí combatieron. Puede decirse que, para la mayoría de ellos, la Nación argentina les ha dado el reconocimiento, homenaje y lugar histórico que les cabe.

Pero hay otra deuda que no ha sido saldada y es la preocupante displicencia con que todos los gobiernos desde el retorno a la democracia se han ocupado de la compleja y difícil situación de la Defensa nacional.

Argentina se ha convertido una vez más en la excepción que confirma la regla, el caso único, el camino en contra de lo convencional. Hemos sido el único país que, luego de perder una guerra, se desarma hasta niveles peligrosamente críticos para la defensa de su soberanía y capacidad de autodeterminación.

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Muchas han sido las causas de ello: carencia de políticas de Estado en materia de defensa; rechazo durante mucho tiempo a todo aquello que se relacionara con lo militar; la famosa y ridícula eliminación de las hipótesis de conflicto como base de planeamiento (como si el problema de Malvinas no existiera además de otras amenazas); la falta de presupuestos que aseguraran poder operar y mantener al menos una capacidad defensiva mínima; la destrucción de la industria de defensa; la reducción notable del número de efectivos (sin que esto se traduzca en fuerzas más modernas, ágiles y poderosas, como suele decirse), y la limitada posibilidad de que nuestros soldados mantengan sus conocimientos a nivel del estado del arte en la materia.

Estos han sido factores que deben ser reconsiderados con urgencia por cualquier gobierno que quiera posicionar a Argentina en el nivel que merece y puede.

Desde 1982, nuestras Fuerzas Armadas han visto reducida su capacidad militar. La mayoría de sus sistemas de armas principales son de la década del 80, e incluso antes. Submarinos, destructores y corbetas, aviones Pucará, Pampa y Hércules, el Tanque Argentino Mediano (TAM) y SK 105, los cañones remolcados CITER y Oto Melara M56, cientos de camiones, Jeeps y helicópteros UH1 representan la tecnología existente en los 80 (generada durante los 70) y muchos de estos sistemas se encuentran degradados en sus capacidades funcionales, impidiendo su uso eficiente y arriesgando la vida de quienes los tripulan. Basta recordar al submarino San Juan.

Es cierto que algunos de ellos se han modernizado, pero a través de procesos eternos, excesivamente costosos por la reducida cantidad de unidades y en cantidades tan limitadas que nunca se logra la constitución de la organización mínima diseñada para operarlos de manera eficiente (TAM2CA2, A4AR, PAMPA III, helicópteros UH1H HUEY 2, M 113 y otros).

Y las adquisiciones realizadas no implican una recuperación importante de la capacidad de disuasión: incorporar un sistema de armas como el F16 implica un proceso de al menos 7 años hasta que se dispongan de todas las aeronaves y armamento, y hasta que tanto pilotos como personal técnico tengan un adiestramiento adecuado. A ello debieran sumarse la incorporación de sistemas de defensa aérea para proteger tantas bases como se pretenda, más los medios terrestres para garantizar su seguridad y despliegue.

Replico las palabras del Teniente General australiano Mick Ryan, publicadas en un portal de su país. Según Ryan, la defensa “quedará relegada a segundo plano frente al costo de los alimentos y la electricidad en esta campaña electoral…lo que es una tragedia para Australia”.

Y prosigue: “A pesar de los esfuerzos de nuestra fuerzas… la falta de financiación, la mala priorización de las inversiones, el bajo rendimiento en el reclutamiento y, sobre todo, la falta de reflexión sobre las lecciones de la guerra moderna harán que la defensa de nuestra nación pronto entre en crisis”.

Ryan reconoce esto a pesar de que su país se encuentra en un proceso de incorporación de sistemas de armas avanzados, incluyendo hasta cien Cazas F35 de última generación (más de 90000 millones de dólares) y hasta 12 submarinos nucleares de ataque (entre 56000 y 65000 millones de dólares).

Reconozco que la situación económica del país dista de ser la ideal, pero otros países, sin el potencial del nuestro y con economías en peor situación, invierten lo necesario para asegurar una capacidad defensiva coherente.

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La defensa no puede ser un problema de marketing o de declamaciones políticas vacías y carentes de contenido real. Debe asumirse con la seriedad y recursos que preserven al país de las múltiples amenazas y agresiones a las que cada día se enfrenta, que van más allá del terrorismo, de los ciberataques y del crimen transnacional. Estas amenazas son efectivas y concretas. Las ejercitaciones británicas en nuestras islas nos lo deben recordar.

Esta es la otra deuda de Malvinas. La de hacer lo posible para evitar que quienes siguen hoy los pasos de los héroes de Malvinas, y el país en su conjunto, no tengan que lamentar una nueva derrota.

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