La dura carta de un padre al Presidente: “Duele llamar a su puerta y no ser escuchado”

La polémica por la presencialidad en las escuelas y la fata de estrategias en los protocolos contra el coronavirus.

Señor presidente, Alberto Fernández, le escribo esta carta para decirle que me duele la Argentina. Empezar una carta a la máxima autoridad de mi país para decirle esto, la verdad que no me resulta para nada fácil o agradable. Sinceramente, hubiera preferido nunca tener que hacerlo. Sin embargo, a veces uno se desploma, pone su energía al máximo, apunta a conseguir los objetivos que se propone, y trata de ver con alegría y entusiasmo lo que a veces se presenta como algo complicado.

Me duele la Argentina, señor Presidente, porque me cuesta ver que el esfuerzo sea recompensado como corresponde, que los más desprotegidos vean una mano sincera y no una mano a cambio de un voto. Me duele la Argentina porque creo que proyectar a largo plazo se convierte en la mayoría de los casos en una utopía. Usted podrá decirme que esta situación no nació en diciembre de 2019 cuando asumió la primera magistratura, y lo acepto, es verdad, la realidad es que no podría precisarle exactamente cuándo fue la primera vez que esto pasó o desde cuándo en nuestro país es difícil ver que trabajando se progresa, estudiando se crece y dando empleo se logra una sociedad más justa. Sin embargo, hoy yo lo siento con una fuerza de esas que son incontenibles.

Gracias a Dios, y al esfuerzo enorme de mis padres y familia en general, tuve una infancia alegre y sin carencias, pude estudiar en la escuela pública, obtuve mi título universitario orgullosamente en una universidad privada, en donde también hace casi 20 años doy clases y me becaron para cursar mi maestría. En lo profesional, el esfuerzo también me dio y me sigue dando muchísimas satisfacciones.Play Video

Por otro lado, y como corolario, la vida me regaló una compañera que es la columna vertebral de nuestra familia que con mis tres hijos formamos. Le puedo asegurar, señor Presidente, que todas estas cosas me hacen enteramente feliz, que todo eso lo conseguimos con educación, esfuerzo, perseverancia, respeto y queriendo todos los días que a aquellas personas con quienes compartimos el día a día les vaya igual o mejor que a nosotros mismos. Eso se llama amor al prójimo y dependiendo los casos ese amor al prójimo es ayuda al necesitado o a veces también es empatía.

Señor Presidente, para nada es mi rol darle una lección de lo que debe o no hacer, quiero creer que para haberse ganado el lugar que legítimamente se ganó debe haberse preparado, debe haberse esforzado, debe haber sido perseverante, respetuoso y por sobre todo debe estar obsesionado por lograr que cada uno de los argentinos a quienes usted tiene el honor de gobernar, cumpla sus sueños.

¿Sabe qué es lo que duele, señor Presidente?, duele no ser escuchado a pesar de ser también un argentino a quien usted tiene el deber y honor de gobernar”.

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Ahora bien, si yo fuera Presidente de la Nación, por más que intente averiguar cuál es el sueño de cada argentino, calculo que me sería imposible poder registrarlo y trabajar individualmente con los más de 40 millones de habitantes para poder conseguirlo. Sin embargo, sí tengo en claro que no me iría a dormir ningún día de mi gestión sin asegurarme que todo lo que hice o dejé de hacer lo hice en busca del bien común, lo planifiqué y ejecuté pensando en las personas a quienes tengo el deber de gobernar.

El pasado 19 de abril, en ocasión de la suspensión de la presencialidad de las clases resuelta por el DNU 241/21, fuimos con mi mujer y los chicos (al igual que muchas familias) al colegio de nuestros hijos y luego a su casa, la Quinta de Olivos. A uno de mis le generó alguna pregunta, no entendía cómo era que usted no salía a hablarles habiendo tanta gente en la puerta. Es que por respeto, al menos en casa, cada vez que alguien golpea la puerta uno se acerca y trata de entender qué necesita el otro. No se preocupe, le explicamos que el Presidente es una persona muy ocupada y que seguramente estaba atendiendo asuntos importantes y por eso no pudo salir a hablar a los chicos y padres que estábamos en la puerta de su casa.

No se imagina cómo me dolió todo el día ver las imágenes de chicos inocentes que con lo que encontraban hacían ruido y le pedían a usted que abra las escuelas; padres y madres que acompañábamos sosteniendo; policías que con respeto y muchísima estima y responsabilidad miraban la escena sin por ello descuidar la seguridad suya y de quienes estábamos ahí; choferes de micros escolares que desde su noble rol apoyaban el pedido; medios de comunicación que buscaban mostrar al mundo esto que ocurre en la Argentina y que, al menos a mí, me duele mucho.

Un grupo de padres reclama frente al Palacio Tribunales por la presencialidad en la educación. Foto: Germán Adrasti, CLARIN.

Un grupo de padres reclama frente al Palacio Tribunales por la presencialidad en la educación. Foto: Germán Adrasti, CLARIN.

¿Sabe qué es lo que duele, señor Presidente?, duele no ser escuchado a pesar de ser también un argentino a quien usted tiene el deber y honor de gobernar, duele sentir que todo es una batalla, duele darse cuenta que a veces los políticos no están obsesionados por el bien común de la población, duele la mentira, duela la falta de caridad, duele ver que las cosas se pueden hacer bien y no se hacen, duele mucho ver a los chicos y padres que estábamos pedir por algo tan básico como es el derecho a educarse.

¿Y sabe por qué a nosotros los padres nos preocupa tanto que los chicos vayan a las escuelas? Porque la escuela es aparte del lugar a donde nos enseñan y aprendemos, el lugar a donde se forjan las amistades, donde se consolidan los valores y donde se crece con otros.

La escuela nos da herramientas para la vida. ¡Ojo, yo no soy un negacionista!, no se crea que no veo y no soy consciente de que la situación sanitaria por el coronavirus por la que estamos pasando es grave; lo entiendo y me preocupa mucho. Sin embargo, el juego de la vida requiere equilibrios y es juntos como vamos a lograr saltar hacia el otro lado. La receta mágica no existe, sólo sabemos que la vida sigue y que esta pandemia nos obliga a reformular hábitos

y conductas (que los chicos manejan mucho más naturalmente que gran parte de los adultos), a extremar las recomendaciones de los especialistas, pero sin por eso olvidarnos que el hombre es un ser social que nace, crece, se desarrolla y muere siempre rodeado de otros.

Queremos que nuestros hijos reciban educación; que aprendan que el esfuerzo vale la pena”.

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Señor Presidente, yo estoy seguro que si decidió dedicar su vida a la cosa pública, es porque tiene clara vocación de ayudar a los argentinos a que puedan cumplir sus sueños; sueños que posiblemente para los chicos de edad escolar hoy pueden simplificarse en el deseo de volver a las aulas, en el deseo de estar con sus amigos y maestros, en el deseo de formarse para que el día de mañana, alguno o alguna pueda ocupar su lugar.

Los argentinos que fuimos con nuestras familias a pedirle por la vuelta a la presencialidad de las clases, lo último que queremos es contagiarnos de coronavirus o mucho menos que se contagien nuestros hijos, familiares, amigos o sociedad en general. Queremos que nuestros hijos reciban educación; que aprendan que el esfuerzo vale la pena; que perseverando, aun las cosas más difíciles pueden conseguirse; que se respeten y sean sensibles con el sufrimiento del otro.

Estas herramientas, señor Presidente, que desde Sarmiento en adelante siempre las escuelas trataron de brindarnos, le puedo asegurar que, aun en la tormenta, permitirán formar una sociedad más justa y, quién le dice, que no duela tanto.

Jorge Garnier

jlgarnier2010@gmail.com

EL COMENTARIO DEL EDITOR

Por César Dossi

“Toc, toc”, señor Presidente

El aumento de la indigencia y la falta de trabajo por la pandemia hacen de la vida más dura, e insostenible para muchos. Entre esos factores se suma la polémica por la presencialidad o no en las escuelas.

La carta de Jorge refleja una elocuencia que demuestra una educación esculpida entre la escolarización pública y la privada. Y es esa misma educación la que hoy se debate en la Suprema Corte.

Permítame el lector hablarle también al Presidente. Decirle que un DNU prohíba a los alumnos ir a clases es ir en contra de la enseñanza y, también, de la salud psicológica de los adolescentes que sufren ataques de pánico, ansiedad y depresión. Fue una mala movida en el ajedrez de la política. Y deja un sabor amargo. Huele a pobreza de tácticas y estrategias en los protocolos que hacen a la sociedad vulnerable.

“Estamos criando y creando una generación de adolescentes apáticos, abúlicos, en conexión absoluta con los monitores y escasa con emociones”, advertía el año pasado el psicólogo Alejandro

Schujman, en una nota de Clarín.

Créame, señor Presidente, que a más de un año de convivir con la “nueva normalidad” aún hay personas que no saben usar el barbijo, no toman distancia social en las filas de los supermercados, menos en las marchas que se permiten en plena pandemia y, en los velorios. ¿Se acuerda?

La terquedad, y “una mano a cambio de un voto”, como dice el lector, destruyen la formación intelectual y ética de los chicos. Sabemos de la educación que lo caracteriza, y buscar una solución, consensuar criterios entre Nación y CABA, sin judicializar la educación, no parece ser una utopía.

Escuche… “toc, toc”, le están golpeando la puerta de su casa de nuevo. ¿El señor Presidente, … está?

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