Las delegaciones iniciaron el diálogo en Islamabad con exigencias cruzadas, desconfianza mutua y la presión de evitar una nueva escalada en Medio Oriente.
Representantes de Estados Unidos e Irán comenzaron este sábado en Islamabad un proceso de negociación para intentar desactivar la guerra en Medio Oriente, desatada a fines de enero. El encuentro, mediado por Pakistán, se desarrolla bajo un alto al fuego temporal y con posiciones aún distantes en temas clave como el programa nuclear, la presencia militar y el rol de actores regionales.
En un contexto atravesado por la presión internacional y el desgaste de semanas de enfrentamientos, ambas delegaciones llegaron a la capital pakistaní con una agenda cargada de condiciones.
Por el lado estadounidense, la prioridad está puesta en limitar el desarrollo nuclear iraní, reducir su capacidad misilística y garantizar la libre circulación en el estrecho de Ormuz, un punto neurálgico para el comercio global de petróleo.
Irán, en tanto, exige el cese de las operaciones israelíes en Líbano, el levantamiento de sanciones económicas, la liberación de activos bloqueados y garantías de no agresión. Además, busca sostener su derecho a desarrollar energía nuclear con fines civiles, un punto históricamente conflictivo en la relación bilateral.
El conflicto actual escaló tras un ataque que derivó en la muerte del líder supremo iraní Ali Khamenei, lo que provocó una respuesta directa de Teherán y la expansión de las hostilidades hacia distintos frentes. La participación indirecta de grupos aliados a Irán, como Hezbollah, Hamás y los hutíes, amplificó el alcance regional del enfrentamiento.
Las negociaciones están encabezadas por figuras de peso. Por Estados Unidos, lidera la comitiva el vicepresidente JD Vance, acompañado por el enviado especial para Medio Oriente y otros asesores estratégicos. Del lado iraní, el presidente del Parlamento y el canciller encabezan las conversaciones, con respaldo del nuevo liderazgo político tras la reconfiguración interna del poder.
Antes del inicio del diálogo, los mensajes públicos reflejaron cautela y desconfianza. «Tenemos buenas intenciones, pero no confiamos», advirtieron desde la delegación iraní. Desde Washington, en tanto, remarcaron que solo habrá avances si las negociaciones se desarrollan «de buena fe».
El proceso se da en paralelo a una tregua de dos semanas impulsada por Estados Unidos , cuyo cumplimiento es parcial. Mientras Irán reclama que el alto el fuego abarque todos los frentes, Israel mantiene operaciones en territorio libanés, lo que debilita la estabilidad del acuerdo.
Mientras tanto, el estrecho de Ormuz continúa operando con restricciones, bajo vigilancia militar, lo que mantiene en alerta a los mercados energéticos. Por esa vía circula cerca del 20 por ciento del petróleo mundial, por lo que cualquier alteración impacta de manera directa en la economía global.
¿Cómo surgió el acercamiento?
El acercamiento diplomático fue posible tras gestiones de Pakistán y la intervención de China, que instó a Teherán a mostrar flexibilidad ante el deterioro de su infraestructura y el riesgo de un colapso económico. La aprobación del nuevo líder supremo iraní habilitó esta instancia de diálogo, aunque desde el aparato de seguridad aclararon que la tregua no implica el fin de las hostilidades.
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En Islamabad, el despliegue de सुरक्षा refleja la magnitud del encuentro: accesos restringidos, presencia militar reforzada y estrictos controles en la sede donde se desarrollan las conversaciones. El objetivo inmediato es sostener el cese del fuego y abrir una hoja de ruta que permita avanzar hacia un acuerdo más amplio.
Irán presentó un plan que incluye la retirada de tropas estadounidenses de la región, el cese de acciones contra grupos aliados y compensaciones económicas por los daños sufridos. También propuso garantizar la seguridad del tránsito marítimo en Ormuz durante el período de tregua, aunque sin precisiones sobre futuras restricciones.
Las diferencias estructurales y la falta de confianza mutua marcan el ritmo de las negociaciones. El desafío no es solo detener la escalada, sino construir un esquema de seguridad que contemple intereses opuestos en una de las regiones más inestables del mundo.
